Yo tenía un lugar seguro,
un lugar donde podía ser yo misma casi sin filtros,
un lugar donde mirarse realmente,
donde era posible dejar la armadura en la puerta y avanzar completamente frágil, completamente expuesta.
Un lugar donde la palabra reinaba, junto al silencio y a lluvias de música, siempre algo por descubrir, sencillo y brillante,
un lugar donde estar finalmente solitaria.
Un lugar donde en el estante, además, guardaba una pequeña estrella; una sencilla, sin pretenciones, sin banda ni fuegos de artificio, pero real como el agua, como las piedras... y tan dulce.
Ese lugar ya no existe, el derrumbe se lo llevó todo. Ya no lloro. Ya no volveré a llorar. Porque no hay espacio para el llanto en la armadura. Sólo se salvó la verdad (ella si me cabe en la armadura).
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