A veces es bueno recordar que te odio.
Pone las cosas en su lugar,
me ordena el naipe como dice la gente.
El candelabro en la mesa de arrimo,
la lámpara en la esquina,
el cuadro encima del sillón.
Me dá la perspectiva adecuada.
Creo que ya no importan las miles de millones de razones que alguna vez escribí en una lista interminable, miles de noches de lluvia organizando el rencor. Montañas de libretas rojas, escritas con lápices de colores, organizandos por años y por temas.
Ahora no, las razones se desperfilan,
sólo el alcohol las trae afuera de vez en cuando, en desordenados flash back, pero en general ni siquiera pienso en ello.
Te odio, sí, pero más como una certeza que como una pasión.
Me alegra tu muerte,
no he ido a tu tumba, ni pienso ir, siempre me imaginé escupiendo sobre ella,
pero ya ni siquiera eso me interesa.
Muerto te irás desdibujando completamente de mi vida,
y los 20 años de la maldición de tu vida en la mía se habrán esfumado.
Después de un tiempo
si nadie recuerda a los muertos
es que nunca existieron.
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